Libertad y seguridad
El hecho de que el Gobierno norteamericano, con el consentimiento de muchas de las principales instituciones financieras, haya mantenido bajo vigilancia los flujos internacionales de capitales ha levantado una importante polvareda informativa en la que muchos analistas han gritado su indignación por lo que consideran un “inaceptable recorte de los derechos fundamentales de las personas”.
No es posible negar que la lucha que los Estados democráticos acaban de emprender contra la globalización del terrorismo, la mundialización de la delincuencia y la aparición de nuevas y numerosas modalidades delictivas, especialmente asociadas con las nuevas tecnologías, está provocando un aumento de las incomodidades de los ciudadanos occidentales y un incremento de la información más o menos privada que éstos han de proporcionar a las instituciones. Como consecuencia, se ha producido un importante acrecentamiento del riesgo de que la Administración, bordeando el abismo en ese equilibrio tan delicado que es el formado por la libertad y la seguridad, cometa infracciones e ilegalidades que dañen los derechos fundamentales de las personas.
Esto es un hecho y tanto la fiscalización de los movimientos de los capitales financieros por parte de determinados gobiernos, como el convencimiento que tenemos de que se escuchan nuestras conversaciones, de que se leen nuestros emails y de que alguien conoce cuáles son todos y cada uno de los movimientos de nuestras tarjetas de crédito, no es motivo de duda. Es una certeza.
Dicho esto, hay que señalar que la cuestión central de este debate está en decidir hasta qué punto debemos estar dispuestos a ver recortados en algo nuestros derechos más básicos en aras de la seguridad de nuestras sociedades, de la protección de los ciudadanos, del amparo de nuestros valores y de la salvaguardia de nuestros intereses colectivos. Personalmente, pienso que en los momentos históricos en los que nos encontramos, cuando la democracia y los derechos fundamentales que conforman la base de nuestras colectividades se encuentran permanentemente amenazados por el terrorismo internacional, la delincuencia organizada y sin fronteras, el auge de los poderes integristas y ultranacionalistas en diversos lugares del mundo y, sobre todo, por el avance imparable de los brazos armados de todo tipo ayatolás fascistas, fanáticos y lunáticos, debemos reforzar nuestra capacidad de sufrimiento y aceptar que la lucha por la libertad nunca es rápida ni fácil ni cómoda. El combate debe ser siempre legal, ciertamente. Pero, quizás, lo que deberíamos comenzar a plantearnos es si no ha llegado ya la hora de potenciar, legalmente, el poder de las instituciones democráticas para hacer frente al terror global.
No es posible negar que la lucha que los Estados democráticos acaban de emprender contra la globalización del terrorismo, la mundialización de la delincuencia y la aparición de nuevas y numerosas modalidades delictivas, especialmente asociadas con las nuevas tecnologías, está provocando un aumento de las incomodidades de los ciudadanos occidentales y un incremento de la información más o menos privada que éstos han de proporcionar a las instituciones. Como consecuencia, se ha producido un importante acrecentamiento del riesgo de que la Administración, bordeando el abismo en ese equilibrio tan delicado que es el formado por la libertad y la seguridad, cometa infracciones e ilegalidades que dañen los derechos fundamentales de las personas.
Esto es un hecho y tanto la fiscalización de los movimientos de los capitales financieros por parte de determinados gobiernos, como el convencimiento que tenemos de que se escuchan nuestras conversaciones, de que se leen nuestros emails y de que alguien conoce cuáles son todos y cada uno de los movimientos de nuestras tarjetas de crédito, no es motivo de duda. Es una certeza.
Dicho esto, hay que señalar que la cuestión central de este debate está en decidir hasta qué punto debemos estar dispuestos a ver recortados en algo nuestros derechos más básicos en aras de la seguridad de nuestras sociedades, de la protección de los ciudadanos, del amparo de nuestros valores y de la salvaguardia de nuestros intereses colectivos. Personalmente, pienso que en los momentos históricos en los que nos encontramos, cuando la democracia y los derechos fundamentales que conforman la base de nuestras colectividades se encuentran permanentemente amenazados por el terrorismo internacional, la delincuencia organizada y sin fronteras, el auge de los poderes integristas y ultranacionalistas en diversos lugares del mundo y, sobre todo, por el avance imparable de los brazos armados de todo tipo ayatolás fascistas, fanáticos y lunáticos, debemos reforzar nuestra capacidad de sufrimiento y aceptar que la lucha por la libertad nunca es rápida ni fácil ni cómoda. El combate debe ser siempre legal, ciertamente. Pero, quizás, lo que deberíamos comenzar a plantearnos es si no ha llegado ya la hora de potenciar, legalmente, el poder de las instituciones democráticas para hacer frente al terror global.
Las teleseries que crea(n) nuestro mundo
Tengo para mí que las series de televisión son uno de los pilares de la cultura de nuestro tiempo.
En algunos de estos productos audiovisuales, especialmente en los norteamericanos, pero también en los españoles, es donde se reúne el mayor concentrado de talento que puede encontrarse dentro del sector. Guionistas excelentes, directores magníficos, actores fuera de lo común, productores con una visión excelente del negocio y equipos técnicos de primera dan como resultado pequeñas obras maestras semanales de apenas 45 minutos de duración que tienen la virtud de conseguir en nosotros lo que los grandes folletines novelescos del siglo XIX lograban con sus lectores: despertar la atención, azuzar el interés, divertirnos, emocionarnos y, además, mantenernos directamente enlazados con el espíritu de nuestro tiempo.
Pienso que no hay nada como una teleserie contemporánea para descubrir el auténtico “zeitgeist” de nuestra época, el verdadero aroma de nuestro mundo. Por mucho que se encolericen los muchos intelectuales apocalípticos que aún vagan por los grandes medios de comunicación occidentales, cuando dentro de algunas décadas los historiadores deseen conocer a fondo cómo era el planeta a las puertas del siglo XXI, inevitablemente habrán de visionar algunos de nuestros telefilmes y no pocos de nuestros mejores “best-sellers”. Si para conocer el grueso central de la pasada centuria hay que recurrir indefectiblemente al cine clásico, a la gran novela negra de Dashiell Hammett a Simenon o a la literatura con mayúsculas, para profundizar en el ambiente cultural del presente será inevitable revisionar muchas horas de las mejores ficciones televisivas, muchos archivos de Internet e incontables criterios de búsqueda en Google. Efectivamente, dime lo que lees y te diré quién eres. Pero dime también qué series televisivas sigues con fruición, qué parámetros introduces en el buscador googlero y qué webs marcas en tus favoritos y conoceré muchos de tus gustos, las cosas que deseas, los temas que te preocupas y las personas a las que amas.
En una ocasión le preguntaron a Ridley Scott, director de “Blade Runner”, por qué, en su opinión, esta película se había convertido en un film de culto. La respuesta del director británico, formado, no hay que olvidarlo, en el mundo de la publicidad, fue inmediata: “Es cine que ha creado nuestro mundo”. Pues bien, lo mismo podemos decir hoy de teleseries magníficas como “C.S.I”, “Crossing Jordan”, “Mujeres Desesperadas”, “Perdidos”, “Frasier”, “Seinfeld”, “Expediente X” o “Urgencias”. Son las imágenes que están reflejando lo mejor y lo peor de nuestro tiempo.
En algunos de estos productos audiovisuales, especialmente en los norteamericanos, pero también en los españoles, es donde se reúne el mayor concentrado de talento que puede encontrarse dentro del sector. Guionistas excelentes, directores magníficos, actores fuera de lo común, productores con una visión excelente del negocio y equipos técnicos de primera dan como resultado pequeñas obras maestras semanales de apenas 45 minutos de duración que tienen la virtud de conseguir en nosotros lo que los grandes folletines novelescos del siglo XIX lograban con sus lectores: despertar la atención, azuzar el interés, divertirnos, emocionarnos y, además, mantenernos directamente enlazados con el espíritu de nuestro tiempo.
Pienso que no hay nada como una teleserie contemporánea para descubrir el auténtico “zeitgeist” de nuestra época, el verdadero aroma de nuestro mundo. Por mucho que se encolericen los muchos intelectuales apocalípticos que aún vagan por los grandes medios de comunicación occidentales, cuando dentro de algunas décadas los historiadores deseen conocer a fondo cómo era el planeta a las puertas del siglo XXI, inevitablemente habrán de visionar algunos de nuestros telefilmes y no pocos de nuestros mejores “best-sellers”. Si para conocer el grueso central de la pasada centuria hay que recurrir indefectiblemente al cine clásico, a la gran novela negra de Dashiell Hammett a Simenon o a la literatura con mayúsculas, para profundizar en el ambiente cultural del presente será inevitable revisionar muchas horas de las mejores ficciones televisivas, muchos archivos de Internet e incontables criterios de búsqueda en Google. Efectivamente, dime lo que lees y te diré quién eres. Pero dime también qué series televisivas sigues con fruición, qué parámetros introduces en el buscador googlero y qué webs marcas en tus favoritos y conoceré muchos de tus gustos, las cosas que deseas, los temas que te preocupas y las personas a las que amas.
En una ocasión le preguntaron a Ridley Scott, director de “Blade Runner”, por qué, en su opinión, esta película se había convertido en un film de culto. La respuesta del director británico, formado, no hay que olvidarlo, en el mundo de la publicidad, fue inmediata: “Es cine que ha creado nuestro mundo”. Pues bien, lo mismo podemos decir hoy de teleseries magníficas como “C.S.I”, “Crossing Jordan”, “Mujeres Desesperadas”, “Perdidos”, “Frasier”, “Seinfeld”, “Expediente X” o “Urgencias”. Son las imágenes que están reflejando lo mejor y lo peor de nuestro tiempo.