Tuesday, April 22, 2008

Libertad y seguridad

El hecho de que el Gobierno norteamericano, con el consentimiento de muchas de las principales instituciones financieras, haya mantenido bajo vigilancia los flujos internacionales de capitales ha levantado una importante polvareda informativa en la que muchos analistas han gritado su indignación por lo que consideran un “inaceptable recorte de los derechos fundamentales de las personas”.
No es posible negar que la lucha que los Estados democráticos acaban de emprender contra la globalización del terrorismo, la mundialización de la delincuencia y la aparición de nuevas y numerosas modalidades delictivas, especialmente asociadas con las nuevas tecnologías, está provocando un aumento de las incomodidades de los ciudadanos occidentales y un incremento de la información más o menos privada que éstos han de proporcionar a las instituciones. Como consecuencia, se ha producido un importante acrecentamiento del riesgo de que la Administración, bordeando el abismo en ese equilibrio tan delicado que es el formado por la libertad y la seguridad, cometa infracciones e ilegalidades que dañen los derechos fundamentales de las personas.
Esto es un hecho y tanto la fiscalización de los movimientos de los capitales financieros por parte de determinados gobiernos, como el convencimiento que tenemos de que se escuchan nuestras conversaciones, de que se leen nuestros emails y de que alguien conoce cuáles son todos y cada uno de los movimientos de nuestras tarjetas de crédito, no es motivo de duda. Es una certeza.
Dicho esto, hay que señalar que la cuestión central de este debate está en decidir hasta qué punto debemos estar dispuestos a ver recortados en algo nuestros derechos más básicos en aras de la seguridad de nuestras sociedades, de la protección de los ciudadanos, del amparo de nuestros valores y de la salvaguardia de nuestros intereses colectivos. Personalmente, pienso que en los momentos históricos en los que nos encontramos, cuando la democracia y los derechos fundamentales que conforman la base de nuestras colectividades se encuentran permanentemente amenazados por el terrorismo internacional, la delincuencia organizada y sin fronteras, el auge de los poderes integristas y ultranacionalistas en diversos lugares del mundo y, sobre todo, por el avance imparable de los brazos armados de todo tipo ayatolás fascistas, fanáticos y lunáticos, debemos reforzar nuestra capacidad de sufrimiento y aceptar que la lucha por la libertad nunca es rápida ni fácil ni cómoda. El combate debe ser siempre legal, ciertamente. Pero, quizás, lo que deberíamos comenzar a plantearnos es si no ha llegado ya la hora de potenciar, legalmente, el poder de las instituciones democráticas para hacer frente al terror global.

Las teleseries que crea(n) nuestro mundo

Tengo para mí que las series de televisión son uno de los pilares de la cultura de nuestro tiempo.
En algunos de estos productos audiovisuales, especialmente en los norteamericanos, pero también en los españoles, es donde se reúne el mayor concentrado de talento que puede encontrarse dentro del sector. Guionistas excelentes, directores magníficos, actores fuera de lo común, productores con una visión excelente del negocio y equipos técnicos de primera dan como resultado pequeñas obras maestras semanales de apenas 45 minutos de duración que tienen la virtud de conseguir en nosotros lo que los grandes folletines novelescos del siglo XIX lograban con sus lectores: despertar la atención, azuzar el interés, divertirnos, emocionarnos y, además, mantenernos directamente enlazados con el espíritu de nuestro tiempo.
Pienso que no hay nada como una teleserie contemporánea para descubrir el auténtico “zeitgeist” de nuestra época, el verdadero aroma de nuestro mundo. Por mucho que se encolericen los muchos intelectuales apocalípticos que aún vagan por los grandes medios de comunicación occidentales, cuando dentro de algunas décadas los historiadores deseen conocer a fondo cómo era el planeta a las puertas del siglo XXI, inevitablemente habrán de visionar algunos de nuestros telefilmes y no pocos de nuestros mejores “best-sellers”. Si para conocer el grueso central de la pasada centuria hay que recurrir indefectiblemente al cine clásico, a la gran novela negra de Dashiell Hammett a Simenon o a la literatura con mayúsculas, para profundizar en el ambiente cultural del presente será inevitable revisionar muchas horas de las mejores ficciones televisivas, muchos archivos de Internet e incontables criterios de búsqueda en Google. Efectivamente, dime lo que lees y te diré quién eres. Pero dime también qué series televisivas sigues con fruición, qué parámetros introduces en el buscador googlero y qué webs marcas en tus favoritos y conoceré muchos de tus gustos, las cosas que deseas, los temas que te preocupas y las personas a las que amas.
En una ocasión le preguntaron a Ridley Scott, director de “Blade Runner”, por qué, en su opinión, esta película se había convertido en un film de culto. La respuesta del director británico, formado, no hay que olvidarlo, en el mundo de la publicidad, fue inmediata: “Es cine que ha creado nuestro mundo”. Pues bien, lo mismo podemos decir hoy de teleseries magníficas como “C.S.I”, “Crossing Jordan”, “Mujeres Desesperadas”, “Perdidos”, “Frasier”, “Seinfeld”, “Expediente X” o “Urgencias”. Son las imágenes que están reflejando lo mejor y lo peor de nuestro tiempo.
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On bullshit (Sobre la manipulación de la verdad)

Leo ‘On bullshit’ (Editorial Paidós, 2005), el libro de Harry G. Frankfurt sobre la manipulación de la verdad, y encuentro un texto incisivo, muy bien construido en su desacostumbrada brevedad, en el que el filósofo norteamericano reflexiona sobre la inmensidad de la charlatanería que inunda nuestro mundo, desde el ámbito de las conversaciones privadas hasta el altavoz global que suponen las grandes redes de medios de comunicación.
Para Frankfurt, al final, el exceso de palabrería es uno de los síntomas más claros de la pérdida de contextos, de referentes y de valores que caracteriza a nuestra época. La locuacidad desmedida, viene a decir este magnífico ensayista, no tiene nada que ver con la verdad o con la mentira, sino que se encuentra íntimamente ligada con la total carencia de criterios para construir, para dibujar la realidad a través del lenguaje. El lenguaraz, señala el también autor de “Las razones del amor”, es alguien que ignora por completo las exigencias de la veracidad o de la falsificación, pues a él no le importan esos criterios, ya que se encuentra en un estadio ajeno a ellos. El charlatán, dice Frankfurt, “no rechaza la autoridad de la verdad, ni se opone a ella. No le presta ninguna atención en absoluto. Por ello la charlatanería es peor enemigo de la verdad que la mentira”.
¿Por qué hay tanta charlatanería, tanta manipulación de la verdad?. En opinión del autor, “la proliferación contemporánea de la charlatanería tiene también raíces más profundas en las diversas formas de escepticismo que niegan que podamos tener acceso seguro alguno a una realidad objetiva y que rechazan, por consiguiente, la posibilidad de saber cómo son realmente las cosas. Esas doctrinas ‘antirrealistas’ socavan la confianza en el valor de los esfuerzos desinteresados por determinar qué es verdad y qué es falso, e incluso en la inteligibilidad de la noción de indagación objetiva. (…) En lugar de tratar primordialmente de lograr representaciones precisas de un mundo común a todos, el individuo se dedica a tratar de obtener representaciones sinceras de sí mismo. Convencido de que la realidad no posee naturaleza alguna inherente que uno pudiera confiar en determinar como la verdad fiel de las cosas, se consagra a ser fiel a su propia naturaleza individual. Es como si decidiera que no tiene sentido intentar ser fiel a los hechos, por lo que, en vez de eso, ha de intentar ser fiel a sí mismo”.

Intelectuales oscurantistas

Brillantemente, afirma Vicente Verdú en su blog que los intelectuales son “una de las fuerzas oscurantistas más silenciadas de nuestro tiempo” y la verdad es que, como siempre, el escritor ilicitano acierta de pleno en su análisis de la situación.
Si hay algo anacrónico, patético e incongruente en nuestra época, caracterizada por la multiplicación de los canales culturales, la multidifusión de los contenidos, la pluralidad de los mensajes, la atomización de las audiencias y por la facilidad de acceso a una red inabarcable de caracteres ideológicos, son esos intelectuales siempre encerrados en su torre marfil y repitiendo permanentemente discursos arcaicos que nada tienen que ver con el espíritu, con el ‘Zeitgeist’ de nuestro tiempo.
Ciertamente, estos intelectuales no son todos igual de peligrosos. Está el intelectual-ayatolá, que quizás es el más dañino, y que está perfectamente representado por esos pensadores integristas presuntamente de izquierdas que siguen defendiendo a Cuba como un modelo convivencial mientras lanzan sus diatribas contra el imperio del mal representado por George Bush o contra la construcción “excesivamente economicista” de la Unión Europea. Estos mismos “expertos” son también quienes se encuentran siempre listos para defender, justificar o comprender a cualquier organización terrorista que aparezca en cualquier lugar del mundo, mientras que demuestran una enorme lentitud (algunos no lo hacen nunca) a la hora de reconocer que solamente los regímenes democráticos y capitalistas han conseguido garantizar la libertad y la seguridad de sus ciudadanos, así como unas condiciones materiales más que suficientes para el desarrollo de éstos.
Dentro de lo que hemos definido como intelectuales-ayatolás también se encuentran no pocos filósofos, sociólogos y estudiosos de materias lo suficientemente raroextrañas para que puedan ser bien subvencionadas por las instituciones públicas. Éstos se han convertido en algo así como en los guardianes de la libertad. Estos sesudos analistas, generalmente muy bien conectados, al igual que los anteriores, con los grandes medios de comunicación, se han autoerigido en defensores supremos de la libertad y, para ello, no dudan en hacer gala de un aberrante relativismo cultural que entiende, cuando no justifica, la mutilación femenina en los barrios africanos de París o Londres o que acepta sin problemas coartar la libertad de expresión para que no se puedan dibujar caricaturas de Mahoma mientras anima con énfasis la publicación de todo tipo de parodias sobre la figura de Jesucristo.
El tercer tipo de intelectual-ayatolá, que no es tan peligroso porque se le identifica rápidamente y se le ve venir de lejos, es aquel que se encuentra absolutamente supeditado a las directrices ideológicas marcadas por una determinada organización (partido político, confesión religiosa, empresa, etc.) y que jamás expresa un pensamiento propio que vaya mínimamente en contra de quien garantiza su existencia y la razón de ser de su discurso.
El último grupo de intelectuales oscurantistas, que es además al que más atención presta Vicente Verdú en el comentario con el que hemos abierto esta entrada, es el intelectual apocalíptico, en la certera y ya antigua definición del mismo que en su momento realizara Umberto Eco. Se trata de esos escritores, artistas y creadores permanentemente alejados de la cultura de masas, tronantes frente a la televisión, fieros ante la informática, montaraces ante cualquier manifestación musical que congregue a más de una docena de espectadores, indomables frente a cualquier forma de popularizar la cultura y especialmente violentos antes quienes tratan de desbancarles de sus tronos siempre bien engrasados con fondos directa o indirectamente públicos. Este tipo de intelectual pretencioso, generalmente inculto, con un pensamiento pútrido de no airearlo lo suficiente y siempre atrincherado en un lenguaje ininteligible que solamente entienden los propios y que utiliza perfectamente como una herramienta excelente para ocultar la nadería de sus contenidos y la incuria de sus reflexiones, es el responsable, por ejemplo, de uno de los grandes dramas de nuestro tiempo: la incapacidad de nuestros niños y adolescentes para acercarse con interés, con empeño, con ganas y con entusiasmo a un buen libro. Estos intelectuales descarriados, integristas de las ideas y de un modelo de belleza ya exánime, han conseguido que no sean pocos los jóvenes que hoy reaccionan negativamente ante la palabra cultura. Son los responsables de una gran tragedia que, quizás, lograremos reparar en parte gracias a Harry Potter y “El código da Vinci”.
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Francis Fukuyama

Desde que en 1992 Francis Fukuyama publicara su célebre libro “El fin de la historia”, siempre he pensado que este serio y prolífico intelectual norteamericano no ha sido bien comprendido en Europa. En ocasiones, por pura desconocimiento, otra veces, por la perversión ideológica que atenaza a la progresía europea en estos tiempos en los que resulta más cómodo y más rentable ideológicamente comprender ciertas actitudes de los islamistas radicales que intentar entender algunas de las decisiones de la administración Bush.
La tesis que Fukuyama dio a conocer en su trabajo más popular, bien conocida aunque creo que no siempre demasiado bien entendida, venía a decir, muy sucintamente, que tras la caída del Muro de Berlín y la implosión del bloque comunista que había tenido lugar en las dos últimas décadas del pasado siglo XX, las democracias occidentales capitalistas se habían quedado como único referente político, social y cultural de la historia del mundo. El ideal de progreso había pasado a coincidir con el ideal democrático y este juicio, en mi opinión muy bien visto y argumentado por Fukuyama, no gustó demasiado entre muchos pensadores continentales, especialmente ligados a la izquierda política, que veían en este antiguo consultor del Gobierno a un peligroso derechista, a un entusiasta conservador, a un anticomunista acérrimo o, lo que es peor, a un entusiasta y vehemente neoliberal.
En mi opinión, uno de los pocos errores que puede achacarse a la teoría de Fukuyama es su excesivo optimismo: la consolidación de una democracia global en el planeta sería algo muy loable, pero antes es necesario superar algunos de los grandes conflictos que nos presenta esta centuria que acabamos de inaugurar: el terrorismo global y local, los integrismos religiosos, los fundamentalismos políticos, los nanonacionalismos radicales, los desafíos de la emigración sur-norte, los retos medioambientales y toda la problemática relacionada con el auge de las tecnologías asociadas al ámbito de la vida, son algunos de los grandes problemas del mundo actual.
En este sentido, Francis Fukuyama también lo ha visto así, y en un nuevo epílogo que ha escrito a su obra “El Fin de la Historia”, recoge, analiza y explica su visión sobre algunas de estas cuestiones. A continuación, incluyo un párrafo que me parece trascendental de su nuevo texto:
“(…) Numerosos observadores me han comparado con mi antiguo profesor Samuel Huntington, que expuso una visión muy distinta del desarrollo mundial en su libro El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. En ciertos aspectos, creo que se puede exagerar el grado en que diferimos en cuanto a nuestra interpretación del mundo. Por ejemplo, coincido con él en su idea de que la cultura sigue siendo un componente elemento innegable de las sociedades humanas, y que no se puede comprender el desarrollo y la política sin una referencia a los valores culturales.
Pero existe un aspecto fundamental que nos diferencia. Se trata de la cuestión sobre si los valores y las instituciones desarrollados durante la Ilustración occidental son universales en potencia (como creían Hegel y Marx) o si están limitados a un horizonte cultural (lo cual coincide con las ideas de filósofos posteriores como Friedrich Nietzsche o Martin Heidegger). Sin duda, Huntington considera que no son universales. Aduce que las instituciones políticas con las que estamos familiarizados en Occidente son el producto secundario de un cierto tipo de cultura cristiana de la Europa Occidental, y que nunca echará raíces fuera de los confines de esa cultura.
Así que la pregunta fundamental que se debe responder es si los valores y las instituciones occidentales tienen una importancia universal o representan el éxito temporal de una cultura actualmente hegemónica.
Huntington tiene bastante razón cuando dice que el origen histórico de la moderna democracia laica liberal reside en la cristiandad, lo cual no es una opinión original. Hegel, Tocqueville y Nietzsche, entre muchos otros pensadores, han sostenido que la democracia moderna es una versión laica de la doctrina cristiana de la dignidad universal del hombre, y que ahora se interpreta como una doctrina política no religiosa de los derechos humanos. En mi opinión, no cabe duda de que eso es así desde un punto de vista histórico.
Pero, aunque la democracia liberal moderna tiene su origen en ese terreno cultural en particular, la cuestión es si esas ideas pueden apartarse de esos orígenes particularistas y tener importancia para las personas que viven en culturas no cristianas. El método científico, en el que se sustenta nuestra civilización tecnológica moderna, también apareció por motivos históricos contingentes en cierto momento de la historia de la primera Europa moderna, de acuerdo con las ideas de filósofos como Francis Bacon y René Descartes. Pero una vez se inventó el método científico, se convirtió en una posesión de toda la humanidad, y podía utilizarse independientemente de si se era asiático, africano o indio.
Por tanto, la cuestión es si los principios de libertad e igualdad que percibimos como los cimientos de la democracia liberal poseen una importancia universal similar. Creo que eso es así y, en mi opinión, existe una lógica general de la evolución histórica que explica por qué debería haber cada vez más democracia en todo el mundo a medida que evolucionan nuestras sociedades. No es una forma rígida de determinismo histórico como el marxismo, sino una serie de fuerzas subyacentes que impulsan la evolución social humana de un modo que nos indica que debería haber más democracia al final de este proceso evolutivo que al principio (…)
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Inmigrantes

Todas las mañanas temprano, utilizando los transportes públicos, tomando un café en el bar de la esquina o andando hacia el trabajo, me cruzo en la calle con algunos de los muchos inmigrantes que durante los últimos años han llegado a mi ciudad como a tantas otras urbes de Europa.
Son hombres y mujeres ecuatorianos, marroquíes, colombianos, peruanos, polacos o rumanos, entre otros muchos, que en su mayor parte desempeñan los trabajos más duros que se ofrecen en nuestra comunidad y que, en general, se asientan en nuestras sociedades con la discreción, la reserva y la mesura de quienes saben que en cualquier momento lo pueden perder absolutamente todo.
Antes de llegar a sus puestos de trabajo, suelo observar a estas personas hablando por teléfono embargados por una tenue emoción, mirando con apacibilidad fotografías que guardan en sus carteras y que siempre reflejan pequeños y oscuros rostros infantiles, o evocando entre ellos los muchos recuerdos que un día no muy lejano dejaron atrás.
Veo a estas personas y entiendo que lo mejor que le ha ocurrido a la sociedad española en los últimos años es la gran avalancha de emigrantes que ha recibido. Frente a quienes reniegan de España por considerarla un país ¿opresor?, frente a quienes son incapaces de valorar los numerosos privilegios de que disfrutamos simplemente por habitar en una sociedad occidental y democrática y frente a quienes no terminan de entender que la libertad y la riqueza no son algo que nos viene dado sino que son valores que es necesario proteger y defender, estos nuevos españoles llegados de otras tierras, muchas veces venidos del otro lado del mar, nos muestran cotidianamente cuántas son las prerrogativas, las ventajas y las dispensas que tenemos por el simple hecho de ser españoles y de pertenecer a ese auténtico y pequeño paraíso en el planeta que es la Unión Europea.

Manifiesto ‘Ciudadanos de Europa’

Acabo de recibir y de firmar el manifiesto titulado “Ciudadanos de Europa”.
En él se recogen algunos de los temas de reflexión que considero cruciales no solamente para el futuro del viejo continente sino también para el porvenir de nuestro sistema de valores y para el mañana de nuestras sociedades democráticas.
El texto denuncia el relativismo reinante en la UE, critica la incapacidad de los ciudadanos europeos para defender una forma de vida basada en los derechos civiles por la que muchos hombres y mujeres lucharon antes que nosotros y, además, advierte de que Europa, en vez de ir a más, se dirige dramáticamente hacia el desastre como resultado de la progresiva vacuidad de nuestros valores, de nuestra falta de compromiso, de la cada vez más atronadora presencia de múltiples movimientos ultranacionalistas y populistas, y, en buena parte, como consecuencia de los errores cometidos por unos políticos incapaces de ver nada más allá de los resultados electorales más próximos.
El manifiesto “Ciudadanos de Europa” resume, en mi opinión, algunos de los temas que deben de preocupar hoy en día a todo ciudadano europeo que sea consciente del privilegio que supone vivir en la UE y que desee ser consecuente con la gran tradición ideológica y cultural que representa el viejo continente. Además, el documento servirá de apoyo y de reflexión para todos los hombres y mujeres que creemos en la universalización de los derechos humanos, que denunciamos el relativismo sociocultural como una forma, la más egoísta y cruel, de papanatismo intelectual, y que pensamos que los regímenes de libertades que disfrutamos deben ser protegidos, defendidos, resguardados y, sobre todo, extendidos a las nuevos ciudadanos que permanentemente llegan a nuestros países huyendo de la miseria, de la carencia de futuro y de la falta de libertad. Leer el Manifiesto “Ciudadanos de Europa” . Firmar el manifiesto “Ciudadanos de Europa”
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En nuestro Blog del País Vasco, dedicado a la actualidad política, social y cultural de esta región española, hemos incluido un post en el que analizamos y criticamos la obsesión de los ultranacionalistas vascos por definir como cultura vasca únicamente la producción literaria, cinematográfica o artística que se realiza en euskera, olvidando que los libros más importantes y las producciones audiovisuales más relevantes que se hacen en Euskadi se realizan en castellano.

Recuerdos indígenas (mayas)

Un ciudadano guatemalteco seguidor de este blog ha consultado mi página web y ha comprobado que en la misma pueden leerse los primeros capítulos de una novela que en su día comencé a escribir y cuya acción transcurre en el corazón del México indígena. Quizás movido por la lectura de estos textos, este amable lector me escribe un email haciéndome algunas matizaciones de tipo general y finaliza su misiva preguntándome mi opinión sobre los pueblos indígenas de Sudamérica, especialmente sobre los pueblos mayas.
Ciertamente, y como consecuencia del nombramiento de Evo Morales como presidente de Bolivia, creo que a lo largo de todo el continente americano, y también en Europa, ha comenzado a despertarse cierto interés por descubrir algunas de las claves que definen a los movimientos indígenas de esta parte del mundo y de ahí, quizás, la curiosidad de mi interlocutor guatemalteco por estas cuestiones. Le he respondido a este lector que no soy, ni mucho menos, ningún experto en los pueblos indígenas americanos y menos aún sobre la situación actual de las comunidades mayas que existen en las regiones selváticas de México y Guatemala.
Lamentablemente, mi experiencia con estos pueblos se reduce a dos estancias que he realizado en la zona maya de México y a la admiración que siento por el legado arquitectónico que esta civilización nos ha dejado. En este sentido, creo que los pueblos mayas actuales poseen una de las riquezas culturales y artísticas más fascinantes del mundo y pienso que son los herederos de unos grupos humanos que, en su momento histórico, estuvieron entre los más avanzados del planeta. Dicho esto, y por mi breve experiencia en México, también pienso que estos pueblos deben colocar sus ricas tradiciones culturales y religiosas en el lugar que les corresponde y que no deben dejar que éstas se conviertan en el eje sobre el que gira su existencia como pueblo. En mi opinión, los indígenas actuales herederos de la gran cultura maya deben emprender un proceso intenso que convierta a sus sociedades al laicismo, la democracia y la modernidad para, de este modo, incrementar los niveles económicos y culturales de sus individuos. El relativismo cultural me parece una estupidez occidental profundamente peligrosa y, por ello, creo que, efectivamente, la laicidad, la libertad y los valores de la revolución ilustrada son positivos para todos los hombres y mujeres del planeta. Sin excepciones.
Nadie va a hacer por los indígenas esta apuesta de futuro, así que habrán de ser ellos quienes se liberen de todo lo opresor que puede haber en sus creencias para evitar tantos desprecios, abandonos y manipulaciones como los que demasiado habitualmente sufren. Antropológicamente y desde un punto de vista folclórico y turístico, puede resultar muy interesante ver a un indígena rezando a una botella de Coca-Cola (tal y como yo lo he visto hacer en la Iglesia de San Juan de Chamula -Chiapas-), pero dudo mucho que este tipo de comportamientos contribuyan al enriquecimiento y la mejora de estos pueblos y de sus ciudadanos

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La democracia asediada: PSOE y nacionalistas criminalizan a las víctimas y convierten en víctimas a los verdugos

Hay algo que va muy mal en España cuando, de la noche a la mañana, al principal partido de la oposición se le criminaliza mientrasse santifica a quienes durante más de treinta años han estado justificando la barbarie, alentando la eliminación física de los ciudadanos vascos no nacionalistas y jaleando todos y cada uno de los atentados de la banda terrorista ETA.
Los desaciertos políticos del Partido Popular, que no son pocos, no pueden justificar de ningún modo esta especie de santa alianza dialogante que se ha puesto en marcha para convertir en verdugo al partido político que más ha sufrido los embates de los criminales y para trocar en víctimas a quienes aún siguen pensando que golpear con un tiro en la nuca a un adversario ideológico o colocar un coche bomba para matar a un concejal democráticamente elegido son comportamientos que pueden ser comprendidos e, incluso, justificados.
El pensamiento único promovido por los socialistas españoles, que junto con los franceses están demostrando ser los más estalinistas de Europa, y los ultranacionalistas patrios está dando, hasta el momento, fructíferos resultados al duopolio formado por ETA-Batasuna: el anuncio del PSE de comenzar a dialogar con los voceros de los terroristas ha provocado que ‘de facto’ se dé el primer paso para que comience el principio del fin de la ilegalización de Batasuna; el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, que tan efectivo resultó en su momento y que ha sido una las herramientas más eficaces para llevar a ETA a sus niveles más elevados de debilidad, se ha roto estrepitosamente; los terroristas, con su amenaza velada pero constante de poner fin a su ‘alto el fuego permanente’, se han convertido en los auténticos gestores de la agenda del ‘proceso de paz’. Si por si todo esto fuera poco, resulta evidente que van a promoverse determinadas negociaciones políticas desde el momento en el que los criminales han convertido en prioritaria la puesta en marcha de dos mesas de diálogo, una de ETA y el Gobierno para hablar del futuro de los presos de la organización criminal, y otra formada por todos los partidos vascos (incluyendo en la misma, y con el máximo protagonismo, a la ilegalizada Batasuna) en la que se abordarán los temas estrictamente políticos.
El Gobierno de José Luis Zapatero quiere repetir en Euskadi la desastrosa experiencia de Pascual Maragall en Cataluña, y para llevar adelante este empeño no tiene reparos en llevarse por delante buena parte del entramado institucional patrio. Lo que olvida el PSOE es que el desmoronamiento en Cataluña del acuerdo de Gobierno entre el PSC y Esquerra Republicana solamente ha tenido como consecuencia, y no es poco, la máxima crispación del panorama político, la necesidad de convocar unas próximas elecciones, la radicalización de los ultranacionalistas y un importante descrédito de la clase política de esta región. En Euskadi, el error de otorgar a Arnaldo Otegui y Josu ‘Ternera’ el papel de protagonistas principales en el ‘proceso de diálogo’, la equivocación al creer que los terroristas de ETA pueden aceptar su final solamente asumiendo lo absurdo de la actividad terrorista y el grave desliz que para el sistema democrático supone deslegitimar al principal partido de la oposición mientras se convierte en referentes a los adláteres de los criminales va a implicar un fracaso de incalculables consecuencias. Una profunda decepción para el País Vasco, para el resto de España y, sobre todo, para las instituciones democráticas y el sistema de libertades que nunca han debido de ponerse en venta por las promesas y las amenazas de un puñado de terroristas que oscilan entre el ultranacionalismo más obtuso, el fascismo más rampante y el comportamiento mafioso más elemental.

Blade Runner, 25 años de un mito. La historia (2ª Parte)

Corre el año 2019 y en las megaciudades de la Tierra solamente viven ciudadanos sin poder adquisitivo para habitar en las colonias del espacio exterior. La vida biológica se ha degradado por un medio ambiente purulento. Biotecnólogos y genetistas han creado hombres y mujeres artificiales (replicantes), físicamente modélicos e intelectualmente supremos, dedicados a la realización de los trabajos más duros más allá de las estrellas. Temerosos de su poder, los científicos les han proporcionado solamente cuatro años de vida. A partir de este tiempo, los complejos desarrollos biotecnológicos de estas criaturas se degradan y estas “personas artificiales” mueren. En estas circunstancias, cuatro replicantes, Batty (Rutger Hauer), Pris (Daryl Hannah), Zhora (Joanna Cassidy) y Leon (Brion James) vuelven a la Tierra para localizar a su creador e intentar que éste les alargue la vida. Para evitar un enfrentamiento entre el “padre” y sus criaturas se pondrán en marcha el detective Deckard (Harrison Ford), apático y cínico, encargado de “retirar” a tan molestos seres. La persecución constituye el hilo argumental del film.
Para quienes no hayan visto el film, podríamos decir que la historia que cuenta “Blade Runner” es la de alguien que busca sus recuerdos originarios y se niega a morir en un mundo tan asfixiante y decadente como fascinante y seductor. Esta podría ser la sipnosis de una película que, como todas las obras de arte con mayúsculas, desborda la intencionalidad de sus propios creadores. “Blade Runner” es el futuro, ¿el presente?, más creíble y brutal que el cine nos ha legado y ahí radica su majestuosidad, su dramatismo y su encanto. “Blade Runner” es un dibujo de nuestro mundo actual levemente tocado por las manos diestras de un caricaturista experto.
Apenas faltan trece años para que la Tierra alcance esa fecha del 2019 en el que transcurre “Blade Runner”, pero si nos fijamos con atención, las mayores megaurbes del mundo tienden a parecerse al “Los Angeles” del film de Ridley Scott, y, además, nuestras sociedades occidentales se encaminan indefectiblemente por los derroteros políticos, sociales, económicos, culturales y científico-tecnológicos que se describen en la película.
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Blade Runner, 25 años de un mito. La megalópolis (1ª Parte)

Durante los próximos meses vamos a escuchar hablar bastante de “Blade Runner” (Ridley Scott, 1982), una película mítica para muchos de nosotros que, aunque en su estreno tuvo unos resultados comerciales más bien pobres, con el paso del tiempo se ha convertido en una obra de culto, en una perfecta creación visual de referencia global, cuya influencia se ha dejado sentir en los campos más variados del arte, desde la pintura a la arquitectura, pasando por la publicidad, la televisión, el cómic o en una buena parte del cine que habría de venir después.
El próximo año 2007, “Blade Runner” cumple un cuarto de siglo y para conmemorar este acontecimiento la productora Warner va a editar un dvd con una edición especial de la película, grabación que se acompañará con un reestreno del film en todo el mundo.
La película de Ridley Scott, director también de otros largometrajes magníficos como “Alien, el VIII pasajero” o “Los duelistas”, está protagonizada por Harrison Ford, con treinta años menos, y por unos inolvidables Rutger Hauer, Sean Young, Edward James Olmos, Joanna Cassidy y Daryl Hannah. La historia, basada en la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas”, de Phillip K. Dick, es un relato de ciencia-ficción con intensos tintes de cine negro que transcurre en el año 2019 en Los Angeles, una megaurbe que según va transcurriendo la historia se confirma como una de las protagonistas fundamentales de la película.
En la que sin duda es su gran obra para el cine, Scott nos presenta una megalópolis despedazada e inmensa, oscura, asolada por el ruido, sobrecargada de neones holográficos y permanentemente acogotada por una lluvia ácida que lo empapa absolutamente todo. La geografía urbana en la que se desarrolla la película es un no-espacio, es un lugar diabólico desbordado y purulento donde los edificios más espectaculares del futuro se entremezclan con antiguas y bellísimas construcciones del pasado, como el edificio Bradbury angelino.
En el cosmos fantasmal que es “Blade Runner”, las multitudes visten una moda intemporal, los individuos que pululan por las calles, pertenecientes a cientos de razas diferentes, hablan un inglés-castellano-chino muy especial, los coches voladores se entrecruzan con rudimentarios transportes a caballo y los comerciantes callejeros analizan la calidad de sus productos con sofisticados sistemas informáticos. En este sobrecargado ambiente neogótico, el que más tarde sería también director de películas importantes como “Thelma y Louise” o “Gladiator”, esboza un cuadro de futuro demasiado parecido al presente que ya intuimos. Es “cine contemporáneo”, tal y como lo denominó el propio realizador. La megaurbe, la “Los Angeles” del mañana cercano que se retrata en “Blade Runner” es una ciudad vieja y decadente, pero es también una ciudad infinita coronada con las arquitecturas más espectaculares del mañana y con los desarrollos urbanísticos más innovadores. Caracterizada por la mezcolanza racial, la superpoblación, los problemas de transporte, el desmoronamiento de muchas construcciones y el caos callejero, la metrópoli de pesadilla que es la esencia de “Blade Runner” es un ámbito fluctuante y sin límites, siempre barrido por sombras y contraluces, y siempre desbordado por el contraste atroz entre la pobreza más absoluta y la riqueza más obscena…

El senador del Partido Nacionalista Vasco, Javier Maqueda, ha afirmado recientemente que “el que no se siente nacionalista ni quiere a lo suyo no tiene derecho a vivir.”
En el Blog del País Vasco, la bitácora hermana, incluimos una propuesta para recordar a este senador nacionalfascista que sobre expresiones como la suya la banda terrorista ETA ha asesinado en las últimas décadas a casi un millar de víctimas.

El auge de la ciencia-ficción

Verán, cuando comento con algunos conocidos mi ya viejo interés por el mundo de la ciencia-ficción las reacciones suelen ser siempre las mismas. Primero, una sonrisa tolerante; luego, un tenue deje de sorpresa y, al final, la broma obligada: “¿platillos volantes, marcianos y monstruos?”. De cualquier modo, hace ya mucho tiempo que dejé de intentar explicar lo evidente: que la ciencia-ficción es hoy en día uno de los pocos géneros literarios o cinematográficos con la capacidad suficiente para dibujar la complejidad del mundo actual, para jugar a la noble sapiencia de la prospectiva sin miedo a equivocarse y para tratar novísimas problemáticas en las que hace un puñado de años ni tan siquiera hubiéramos pensado.
La ciencia-ficción son aliens, planetas perdidos, órdenes estelares, viajes en el tiempo y reencarnaciones maravillosas pero, ocultas bajo estos significantes tan atractivos, suelen esconderse también lúcidas reflexiones sobre las pulsiones que mueven a los seres humanos, sobre los pilares que mantienen vivas nuestras sociedades y sobre todo aquello que la ciencia y el pensamiento ofrecen a los hombres y mujeres de este caótico, convulso y fascinante fin de siglo.
Marginada en las librerías generalistas, abandonada en los suplementos literarios de los grandes periódicos y sentenciada a desarrollarse en reductos marginales de voluntariosos iniciados, en un primer análisis puede parecer que la ciencia-ficción continúa siendo hoy en día un subgénero de la gran cultura de masas solamente apto para jóvenes fantasiosos, para adultos frívolos o para lectores carentes de rigor. Pero, si miramos a nuestro alrededor con algo más de detenimiento, observaremos cómo se van produciendo pequeños cambios y sutiles evoluciones de criterio que parecen indicar que la situación poco a poco va cambiando hacia un mayor reconocimiento global de lo que este entrañable género ha aportado al bagaje cultural del ciudadano contemporáneo.
Más allá del éxito masivo que entre el público y la crítica han tenido series como Expediente X o “Perdidos”, por encima de las declaraciones de amor que habitualmente hacen al género respetables hombres de letras como Fernando Savater o Ramón de España y dejando a un lado el prestigio alcanzado por autores como Ray Bradbury o Stanislaw Lem, la ciencia-ficción parece salir ahora, tímidamente, de su ostracismo y reclusión. Probablemente, este fenómeno de reconocimiento que comento no es ajeno al ritmo de los desconcertantes avances científicos que nos rodean y al hecho de que, en poco más de una década, occidente se ha quedado sin ningún tipo de referente sobre el que volcar sus esperanzas, sus sueños y sus ilusiones.
Hace diez siglos, el pavor al milenio que se produjo en la primera Edad Media provocó que los hombres miraran a Dios y temieran a los cielos esperando la catástrofe y la destrucción definitiva. Hoy, cuando las sociedades occidentales llevan mucho tiempo viviendo sin deidades, cuando los grandes referentes político-sociales han mostrado sus pilares de barro y cuando solamente los principios económicos parecen regir los destinos del mundo, no es extraño que los humanos volvamos nuevamente los ojos a otros universos, a realidades diferentes y a historias asombrosas que conectan directamente con lo más profundo de nuestros miedos colectivos. Frente al desconcierto ante el porvenir y como antídoto contra un futuro cargado de incógnitas, resulta sumamente absorbente la fuerza de escape, de evasión y de digresión que proporciona la mejor ciencia-ficción como escenario en el que todo, lo mejor y lo peor de los seres humanos, lo más impensable, lo más inimaginable y los más raroextraño, tiene cabida.
Indudablemente, vendrán más extraterrestres, llegarán nuevas sagas galácticas, veremos más paseos por Marte y viajaremos muchas más veces por el tiempo. El actual rostro del mundo, el extraordinario abanico de complejidades colectivas que ya se muestran ante nosotros, necesita de nuevas explicaciones, de análisis diferentes e, incluso, de innovadoras formas de representar la realidad. En este sentido, pienso que sólo la poesía o la ciencia-ficción poseen la capacidad suficiente para comprimir el caos actual en un libro, para especular con habilidad entre las nieblas de un futuro cargado de incógnitas y de revelaciones y, en definitiva, para intentar hurgar en lo más íntimo de esa extraña fuerza que mueve a los hombres y los pueblos a las puertas de un nuevo siglo.
Nunca los reyes de las ficciones científicas tuvieron una tarea tan ingente como la que enfrentan hoy en día. Solamente han de temer verse barridos por el tornado de acontecimientos que habitualmente nos encogen el entendimiento y por el hecho posible de que sus creaciones no superen en fuerza a las de los fenómenos que todos los días produce y vomita la existencia cotidiana. Más allá de lo posible, y por encima de lo que pronto será probable, la ciencia-ficción tiene un inmenso campo por explorar que no se ciñe, exclusivamente, a aventurar cómo serán las naves del futuro, cómo se levantarán nuestras ciudades o cómo será el siempre esperado encuentro con una civilización de otro planeta. La verdadera tarea del género, y su reto más complicado, consiste en construir las metáforas más acertadas para comunicar cómo serán en el futuro las nuevas relaciones entre los hombres del planeta Tierra, cómo serán los próximos repartos del poder, cuándo estallará la miseria que carcome a la mitad de la población mundial, dónde se detendrá el progreso y, en definitiva, cómo haremos todos para ser más felices siendo, a la vez, más humanos.
Para explicar todos estos asuntos, y muchos otros, la ciencia-ficción seguirá recurriendo, sin dudarlo, a todas las convenciones del género. Con una diferencia. Hasta hace poco tiempo, la CF hablaba, generalmente, del futuro que vendrá; hoy sabe que, al mismo tiempo que diseña el futuro que podría ser, éste ya se está construyendo a su alrededor.
Qué quieren que les diga, pienso que los aficionados estamos de suerte. Creo que hasta los que antes me miraban con ojos sospechosos cuando les hablaba de mi vicio secreto, están bajando la barrera. Poco a poco, y a hurtadillas, les oigo hablar de William Gibson, de Scott Card, de Dan Simmons y de Gregory Benford. Algunos hasta han recurrido a Mari Shelley y, por supuesto, todos recuerdan a Dana Scully como uno de los grandes personajes de la cultura popular de nuestros días.
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La innovación en la gestión empresarial

Me piden algunas reflexiones sobre lo que, en mi opinión, significa la innovación en la gestión empresarial. Actualmente, este es un tema fundamental dentro del management y es, desde luego, uno de los conceptos que más literatura, estudios, análisis y congresos está provocando en los últimos meses dentro del mundo económico y financiero. Dado que el artículo que me solicitan está destinado a una publicación sectorial, toco el tema desde un punto de vista muy genérico, aunque lo reproduzco aquí porque puede resultar interesante para establecer una primera aproximación, superficial, a la cuestión.

La innovación en la gestión empresarial

A pesar de que en la primera mitad de este siglo el economista austriaco Schumpeter racionalizó el concepto de innovación en el análisis económico, ha sido más recientemente cuando el concepto de innovación ha tomado carta de naturaleza en todo lo que hace referencia al desarrollo económico y, como consecuencia de esta realidad, ésta se ha constituido en un elemento esencial de cualquier proceso de generación de riqueza.
En los tiempos turbulentos que vivimos intervienen numerosas variables sociológicas, económicas y culturales que, en un cambio constante, obligan a las empresas a adaptarse rápidamente a escenarios nuevos, diferentes e inesperados. Al mismo tiempo, el grado de competitividad y de globalización que actualmente define a los mercados impulsa a las unidades productivas a investigar, avanzar y evolucionar estratégicamente para situarse en posiciones competitivas de cabeza. En este sentido, y si entendemos la innovación como un proceso de mejora y cambio permanente de la tecnología, las técnicas, los medios organizativos y de los conocimientos, con el fin de superar los estándares de competitividad, comprenderemos la radical importancia que este concepto tiene para la gestión empresarial.
Cualquier proceso de innovación posee unos pasos bien definidos que más adelante comentaré, aunque, no obstante, quiero señalar previamente dos cuestiones importantes que, en mi opinión, resultan básicas para que las empresas, sobre todo cuando éstas son pymes, puedan emprender con éxito cualquier proceso innovador. Fundamentalmente, se trata de que las empresas dispuestas a innovar sean capaces de asumir unas condiciones previas de tipo cultural y de tipo estructural.
Desde un punto de vista de cultura empresarial, es importante interiorizar que ninguna compañía será innovadora, con disposición permanente al cambio, si toda la organización de la empresa no se encuentra técnica y mentalmente preparada al efecto.
Por otro lado, y desde un enfoque estructural, no podemos olvidar que, durante muchos años, las empresas han basado todo su funcionamiento en el producto, en lo tangible, y han centrado el peso de esta responsabilidad en una persona o en un grupo de personas. Por el contrario, la tarea innovadora exige una gestión integral de la empresa, que afecte a todos los componentes de ésta y que, sobre todo, mire hacia lo intangible, lo inmaterial y lo “creativo”.
Dando por sentadas estas cuestiones, es posible definir los principios sobre los que, en mi opinión, las empresas han de asentar sus tareas innovadoras: aumento del valor añadido de los productos mediante la utilización de la tecnología adecuada; fortalecimiento de las relaciones con los clientes; desarrollo de los procesos de mejora de la calidad continua; incremento del valor de los productos mediante el desarrollo de servicios complementarios a éstos; potenciación de una visión internacional de la actividad empresarial; y, finalmente, creación y desarrollo de una fuerte cultura de empresa propicia a la innovación.

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La belleza de un buen artículo

Encontrar una buena pieza periodística, un texto ejemplar donde el autor mezcla sabiduría, destreza literaria, habilidad narrativa, concisión informativa, humor y capacidad para emocionar, no es tarea fácil. Articulistas correctos hay bastantes, columnistas excelentes, apenas un puñado, y las piezas de papel que merecen un recuerdo especial más allá de la corta duración de la vida de un periódico, son muy escasas. Cuando hallo uno de estos trabajos, me embarga una emoción especial porque vuelvo a reencontrame con el auténtico periodismo de los viejos maestros, con el poder del periódico que provoca sentimientos y con la fuerza de la palabra que, en su sencillez, sabe cambiar a mejor, aunque sea brevemente, el mundo que nos rodea.
Hoy me he topado de bruces con uno de esos artículos en un periódico que, además, no suelo leer y que tampoco está considerado entre los grandes medios de comunicación de referencia. Es igual, el buen periodismo brilla allí donde se encuentra, sea en una simple guía del ocio o en el más pretigioso de los periódicos europeos. Me estoy refieriendo al periódico “Metro” y a un artículo que hoy publica en el mismo el periodista Marc Villanueva. La pieza se titula “Vía Crucis”, y no puedo dejar de citar el primer párrafo de la misma:
En ocasiones veo muertos. Se lo juro, es gente que está junto a mi mesa en el restaurante y que solamente asegurarías que están vivos porque sorben la sopa. Se trata de parejas de larga duración que salen a cenar solas. Apenas cruzan las miradas, parece como que han agotado las palabras de una o más sílabas. No es necesario que estén casadas, puede que tan sólo lleven demasiado tiempo juntas. Es oficial: la pasión eterna no existe, es un bulo que alguien hizo correr para vender colonia. Es una cuestión de piel, llega un momento en que las parejas ya no se tocan, les repele la epidermis de su compañero, lo cual es desesperante e injusto; pero todo lo que tiene que ver con la piel es injusto, como el racismo, la celulitis o el acné”…

Fascistas

Lo que nunca nos contaron del fascismo es que éste, al igual que los comportamientos nacionalsocialistas, iba a extenderse a lo largo de la historia travestido en las más diferentes corrientes ideológico-políticas.
La esencia de las conductas fascistas siempre es la misma (autoritarismo, intolerancia, ultraje a los otros, imposición doctrinal, negación de los derechos civiles, delimitación de las libertades, desprecio de la democracia, predilección por la masa frente al grupo, justificación de la violencia, exaltación de los instintos frente a la preeminencia de la razón, etc), pero lo que muta radicalmente son las diferentes formas que actitudes fanáticas pueden tomar dependiendo del tiempo histórico en el que suceden, del espacio geográfico en el que tienen lugar y, sobre todo, de los intereses de quienes las ponen en marcha.
Es posible afirmar, incluso, que el fascismo ha pasado de ser un extenso movimiento político que llegó a su máximo grado de expansión en la Europa de entreguerras a ser hoy en día una herramienta, un conjunto de comportamientos demenciales, que se ponen en práctica para obtener los más variados y diversos fines.
Durante más de 30 años, y valga como muestra ejemplar la suplantación que comentamos, los ultranacionalistas vascos de ETA-Batasuna, disfrazados de progresismo y ecologismo, se han convertido en auténticos fascistas para intentar alcanzar sus objetivos independentistas y de menoscabo del sistema democrático español. Desde hace algún tiempo, los independentistas de ERC, camuflados bajo el falso paraguas del republicanismo de izquierdas más avanzado, muestran su auténtico rostro fascista boicoteando, por ejemplo, actos intensamente democráticos como los que lleva a cabo la plataforma Ciutadans de Catalunya.
Pero, además de batasunos descerebrados y de seguidores más o menos sectarios de Josep Lluís Carod-Rovira, hay una infinidad de grupos, individuos y organizaciones que, en mayor o menor grado, basan su intervención en la sociedad mediante prácticas claramente fascistas o a través de estrategias muy próximas a esta ideología: el islamismo integrista que coloca una bomba en el metro de Londres, que asesina a Theo Van Gogh o que impone leyes de acero en no pocos países musulmanes del mundo; los jóvenes racistas que apalean a un emigrante hasta la muerte; el cristiano fanatizado que quema ejemplares del “Código da Vinci” en Nueva York; la iglesia católica que rehusa otorgar a las mujeres y a los homosexuales los mismos derechos que sí concede a los curas pederastas que tiene entre sus púlpitos (éstos, a pesar de sus comportamientos repugnantes sí pueden decir misa, pero no una mujer, por el simple hecho de serlo); los jóvenes que en los países más avanzados de occidente realizan clips de vídeo mezclando imágenes del holocausto con fiestas house; y, en definitiva, todos aquellos que, de una forma u otra, atentan contra las libertades más elementales de las personas, sea prohibiéndonos realizar una caricatura, coaccionándonos por escribir unos versos o amenazándonos con la muerte por sentirnos legítimamente orgullosos de nuestras sociedades democráticas y occidentales. Que nadie se llame a engaño, ellos se identifican y, a pesar de que tengan intereses muy alejados entre sí, se reconocen, especialmente, en su odio al sistema democrático y a la civilización occidental. Para muestra un botón: los neonazis alemanes han convocado una manifestación en Leipzig para mostrar su solidaridad con el presidente iraquí Mahmud Ahmadineyad, a quien la ultraderecha germana se sienta unida por la negación que éste hace del Holocausto y por su cuestionamiento permanente del derecho a la existencia de Israel.
Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia y una de las personas que en España más ha estudiado los diferentes rostros del fascismo, me explicó un día cómo en la base de esta ideología perversa y cruel siempre se encuentra, por encima de todo, el sentir intolerante. Él mismo lo explica excepcionalmente bien con estas palabras: “La dinámica peligrosa y cruel de la intolerancia estriba en que se sabe dónde empieza y no sabemos hasta dónde puede llegar. Alimentada por prejuicios y dogmas que implican superioridad o aseveraciones incuestionables sostenidas como verdades históricas por encima de las opiniones de los ciudadanos, la dinámica infernal de la intolerancia comienza con la estigmatización del otro, la difamación, marginación, privación de derechos y discriminación de su condición de ciudadano, y culmina en el ataque físico, la agresión, el asesinato, la matanza y el exterminio”.
Las soluciones: establecer leyes firmes en defensa de las libertades individuales de los ciudadanos; lograr un efectivo entramado institucional que esté convencido de que los valores representados por las democracias occidentales son éticamente superiores a los promovidos por cualquier otro sistema ideológico, político o religioso que no respete en su integridad los derechos de las personas; educar en la niñez y en la adolescencia para obtener ciudadanos comprometidos y conscientes del privilegio y de la responsabilidad que supone vivir en un régimen de libertades; oponerse radicalmente a cualquier tipo de cesión ideológica, política, social o cultural que quiera realizarse para contentar o calmar a la fiera fascista que, se ponga el disfraz que se ponga, siempre ha de ser aniquilada…
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La cintura democrática española

José Luis Rodríguez, el mismo que ha puesto España boca abajo sin necesidad, el que ha pactado con los fascistas catalanes que se disfrazan de nacionalistas y el mismo que ha embarcado al país en un “proceso de paz” con la banda terrorista ETA en el que los únicos que parecen saber cómo funcionan las cosas son los criminales, nos ha aportado recientemente su último gran descubrimiento político-filosófico: “La democracia es una cuestión de cintura”, acaba de explicar Zapatero al líder de la oposición, Mariano Rajoy, y, tras realizar esta aseveración, el presidente dio por terminada su intervención en el Parlamento pensando seguramente que, una vez más, nos había legado a todos los españoles una gran lección de lo que ha de ser la libertad.
Se equivoca el presidente cuando afirma que la democracia es algo flexible, dúctil y maleable que puede ser utilizado por todos y, sobre todo, que ha de emplearse para satisfacer a todos. Muy al contrario, gobernar con equidad y, especialmente, gobernar en regímenes democráticos, significa elegir, negar, tomar decisiones, imponer criterios y establecer estrategias que, además de ser conformes con la legalidad vigente, han de establecerse para que beneficien al máximo número de ciudadanos y para que protejan y refuercen la convivencia de todos en paz y en libertad.
La democracia no es una cuestión de cintura. A pesar de lo que diga esta falsa e inculta progresía de salón que nos gobierna, la democracia es una delicada herramienta de relación entre los seres humanos que, dada su fragilidad, ha de ser extremadamente firme a la hora protegerse de cualquier persona, empresa, organización, entidad o institución que desee socavarla para salvaguardar sus intereses particulares. Así, la democracia no puede tener cintura con los terroristas de diferente cuño que desean derruir nuestra forma de vida y dinamitar nuestras instituciones; la democracia no puede tener cintura con quienes solamente desean preservar sus prebendas locales haciendo temblar los intereses colectivos: la democracia tampoco puede tener cintura con cualquier ideología, doctrina o posicionamiento ético que, basándose en el fanatismo y en la cerrazón, apele a cercenar las libertades individuales, haga apología del racismo, desprecie a determinados colectivos de ciudadanos o llame a tener comportamiento intolerantes con los demás. Qué quieren que les diga. En mi opinión, se comienza considerando que la democracia ha de ser blanda, dócil y cimbreante, que la democracia ha de tener cintura, y se termina elaborando ridículas teorías sobre la “alianza de civilizaciones”, invitando a tomar café a terroristas o a sus portavoces de paisano o, simplemente, realizando cenas de Estado a las que solamente pueden asistir mujeres. ¿A que les suena a algo todo esto?

En el Blog del País Vasco analizamos la reciente decisión del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, de iniciar el diálogo con la banda terrorista ETA a lo largo del próximo mes de junio. Bajo el título de “La banda terrorista ETA marca los ritmos y volverá a asesinar” explicamos en el blog hermano cómo “a lo largo de la historia ningún movimiento fascista ha terminado con una negociación que, previamente, no haya sido impulsada por una indiscutible victoria policial, jurídica e institucional. Y el movimiento nacionalfascista vasco no va a ser el primero”.

Más visiones sobre España

En la entrada anterior dejaba algunas reflexiones sobre lo que significa España para mí hoy, pero el debate sobre lo que supone la españolidad es intenso en múltiples ámbitos políticos, sociales y culturales. También, como no podía ser de otra manera, en los espacios económicos, como muy bien han podido comprobar los empresarios catalanes. De hecho, en Convergencia i Unió (CiU), que ya se ven de nuevo en el Gobierno catalán dentro de unos pocos meses, hay una preocupación importante porque algunos de sus líderes han podido comprobar de qué manera se está crispando el debate Cataluña versus España en diferentes lugares del país.
De cualquier modo, una visión interesante sobre el concepto de España se aportó hace unos días en un acto de la Plataforma Ciutadans de Catalunya en Madrid: “España es sobre todo una acción diversa (…) Una de las calamidades intelectuales de nuestro tiempo es cómo los nacionalismos se han apoderado del concepto de la diversidad. Porque, paradójicamente, la gran víctima de la hegemonía del nacionalismo, es la diversidad. La garantía de la diversidad catalana, vasca, andaluza, gallega, valenciana, es España (…).España es una vigilancia democrática, una garantía de ventilación e higiene y ante el prodigioso y wagneriano espectáculo de la degeneración de la cultura política catalana y vasca, la influencia creciente de España, de los ciudadanos españoles, es la más sólida y favorable posibilidad de regeneración.”
Por otro lado, un reciente reportaje publicado en “El País” (14-V-2006) sostiene que el desapego por el concepto España crece entre las nuevas generaciones. La autora del texto, la periodista Lola Galán, explica cómo “una norma política subliminal impide en muchos foros hablar con naturalidad de España, un término sustituido por el menos molesto de Estado español, y esa norma está prendiendo en los jóvenes. Los datos de la última encuesta de la Fundación Santamaría (FS) sobre la juventud española -elaborada sobre una muestra de 4.000 entrevistados-, publicada el mes pasado, apuntan a una pérdida inexorable del sentido de pertenencia a España en los jóvenes de 18 a 25 años. Entre 1981 y 2005, este sentimiento descendió siete puntos a medida que aumentaba el apego a la propia localidad y a la propia comunidad autónoma. No sólo en territorios desfigurados por el terrorismo, como el País Vasco, sino en lugares tan aparentemente inocuos como Canarias, Asturias o Galicia, donde un 62%, un 52% y un 41%, respectivamente, de los encuestados decían sentirse por encima de todo canarios, asturianos o gallegos”.

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